martes, 27 de julio de 2010

39 segundos

El domingo acabó en París el Tour de Francia de 2010, ése que iba para histórico y se quedó únicamente en digno de recordar.

Era, sobre el papel, la edición más caliente e incierta en años. Alberto Contador, el gran favorito, el indiscutiblemente mejor, tenía a priori un equipo pobre que le pondría a merced de la decena larga de corredores que aspiraban como él al maillot amarillo, casi todos ellos con potentes escuadras a sus órdenes. El terreno parecía implacable, capaz de llevar a los corredores al límite. Se comenzaba con etapas nerviosas donde los hombres de la general habrían de luchar por no perder opciones de victoria; después,unos Alpes flojos se veían compensados por unos Pirineos largos y extenuantes; el remate llegaba con una contarreloj larga, la única de la carrera, que acabaría de romper una carrera y haría buenas o malas todas las ofensivas llevadas a cabo por los ciclistas en los días previos...

Al final todo se definió por 39 exiguos segundos y una amistad que resultó tóxica para la carrera, generadora de una serie de cobardías y picarescas tácticas inescrutables para el telespectador envueltas de ‘fair-play’. Todo quedó, pues, en prácticamente nada.

Alberto Contador no llegó a este Tour como debía, aunque ello no haya sido óbice para que estuviera muy por encima de la mayor parte de sus rivales y consiguiera la victoria final en la Grande Boucle. Se supo corto de forma en la Dauphiné donde no fue capaz de derrotar claramente a Janez Brajkovic, un esloveno de la clase media-alta del pelotón que preparó específicamente la pequeña ronda francesa y fue capaz de imponerse a él en la general. Para subsanar este error incluso renunció al Campeonato de España contrarreloj, alegando una presunta enfermedad que sin embargo no le impedía publicar en Twitter fotos entrenando con su guardia pretoriana de Astaná por la sierra madrileña.

No fue, sin embargo, suficiente. Alberto, por alguna razón, no se preparó este año de manera adecuada para el gran reto de su temporada (parece que el único, toda vez que descarta participar en la Vuelta). Lo reconoció, en un gesto de grandeza, desde lo más alto del podio de París. Micrófono en mano frente a un público hostil. Tras abrazarse con el amigo que ha sido su gran rival estas tres semanas, Andy Schleck, el luxemburgués que ha perdido un Tour que estaba a su alcance entre artimañas tácticas surgidas de esa peligrosa amistad y del ‘fair-play’ que él mismo inauguró como arma arrojadiza.

Contador era muy consciente de que su estado físico no sería suficiente para derrotar a Andy en una competición deportiva; por ello, la convirtió en psicológica. Días como Morzine, donde escondió su flaqueza tras la magnificencia de Dani Navarro, o Ax 3 Domaines, donde forzó a su rival a un juego de gato y ratón del que salían beneficiadas las piernas del pinteño por recibir un menor castigo. El “póker” al que el pequeño de los Schleck se refería en la última semana de carrera lo llevaba jugando el de Astaná toda la carrera... Finalmente, Contador se llevó el gato al agua ante la impotencia de su rival, que no definió cuando pudo y se desempeñó con arrojo en el Tourmalet apenas vio la carrera definitivamente perdida tras comprender que su procrastinación, su expectación en pos de que se viera claramente la debilidad que intuía en el madrileño, había ido demasiado lejos.

Andy Schleck, pues, perdió la carrera en detalles, esperas, ratos observando a su enemigo y compadre. La amistad fue tóxica para el luxemburgués, nubló su visión táctica, y con ello perjudicó al espectáculo en la carrera. Sólo dio verdaderos zarpazos en el pavés de Arenberg, donde distanció a Contador en 1’13” gracias a un Cancellara inconmensurable, y en Avoiraz con 10” de ventaja que pudieron ser más si hubiera advertido antes la flaqueza del pinteño. En cambio, Contador fue mejor en la crono inaugural de Rotterdam por 42”; en Mende, por 10” en el día en que casi rompe la armonía en el seno de Astaná por cazar a Vinokourov con su demarraje; en la contrarreloj final de Pauillac por 31”...

Esto es, empate. Sumadas, esas ventajas del uno respecto del otro se equiparan en 1’23”. La clave de la carrera, pues, fue la jornada en que Contador consiguió esos 39 segundos, exiguos, a los que nos referíamos al principio del artículo. Y ese Día D no fue otro que la famosa etapa del Port de Balés, aquella donde Andy Schleck manejó con torpeza en cambio y posibilitó que Alberto Contador renunciara a aplicar otra vez el ‘fair play’ que tanto le beneficiara el día del sindicalismo ciclista de Spa.

No había de caer dos veces el pinteño en la misma trampa. Había que sacar el colmillo, aunque ello costara (como costó) el abucheo del público. Contador se hizo con el Tour de Francia, objetiva y subjetivamente, el día más picante de la carrera que él mismo edulcoró y anestesió para compensar su inadecuado estado de forma. Ganó así de manera digna un Tour que pedía brillantez para pasar a la historia. Ganó por detalles y artimañas psicológicas. Por sólo 39 segundos...

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