domingo, 6 de febrero de 2011

Balacera con rehenes en Mallorca

El Trofeo Palma de la Challenge de Mallorca debería haber sido, como todos los años, la primera gran fiesta del ciclismo español: el reencuentro del grueso del mundillo, la primera competición, los neoprofesionales ilusionados, el esprint masivo convertido en una auténtica jungla por estar todos los ciclistas repletos de fuerzas y deseos de probar suerte, la victoria de algún superclase que inicia bien la temporada... Y ninguno de esos elementos ha faltado: el jovencísimo Carlos Verona ha estado, en su primera carrera con Burgos 2016 y con sólo 19 años, en la fuga del día; en los kilómetros finales ha habido una caída que ha afectado a corredores de la Selección Española de pista; el triunfo ha correspondido a un Tyler Farrar (Garmin) cuyo estado de forma es mejor de lo habitual a estas alturas de campaña... Hasta ahí lo lógico y habitual.


La noticia, sin embargo, no estuvo en la festividad; tampoco en la competición. Fue una protesta de equipos y corredores por la prohibición del uso del pinganillo fuera del ProTour, desaforada en su forma y en su oportunidad, la que capitalizó la atención. Siguiendo la estela de Liquigas en el pasado Tour de San Luis, los ciclistas de los ProTeam llegaron a la línea de salida de Palma con los auriculares puestos. Los jueces les pidieron que se los quitaran; ellos se negaron. Los jueces se fueron y dejaron la prueba sin validez para la UCI, anulándola desde un punto de vista técnico; los ciclistas compitieron con el pinganillo.

¿Quién ganó? ¿Ganó alguien? Difícil saberlo. De una manera inmediata, el único perdedor fue el organizador de la Challenge de Mallorca, quien vio su carrera convertida en una pantomima por mor de unos directores de equipo que, como decía un amigo en Twitter, tomaron por rehén a la carrera en su tiroteo (o más bien balacera, como dirían los narcos mexicanos) con la UCI; mañana harán lo propio con la Vuelta a Qatar, y quién sabe si de nuevo con el siguiente Trofeo de la Challenge. Qué sucederá después, si se dará marcha atrás en la decisión de eliminar los pinganillos, es una verdadera incógnita. No parece que la UCI esté dispuesta a ello; pero tampoco que los equipos traguen en correr sin pinganillo, ni que los organizadores quieran admitir el agravio (y la vergüenza) de explicar a sus patrocinadores por qué su carrera no cuenta en los ránking ni es contemplada por la federación internacional. Mañana sabremos...

Las consecuencias últimas y reales de la balacera, por contra, tardarán en verse. “La prohibición de la radio es sólo una parte de un problema mayor”, dijo la AIGCP (asociación que aglutina a los equipos ciclistas profesionales de todo el mundo) en un comunicado. Se persigue la permanencia del pinganillo dentro de las carreras, sí; pero el objetivo es otro. “Equipos y ciclistas deben tener un mayor peso en la reglamentación del ciclismo”, dijo Jonathan Vaughters en su twitter; “nuestra contribución económica a la UCI a través del pago de licencias y del pasaporte biológico es enorme”, continuó, para acabar citando al político norteamericano Patrick Henry: “No debe haber impuestos que no aporten una representación [no taxation without representation]”.

En definitiva, los directores de equipo quieren ganar peso en la dirección del ciclismo profesional. Para iniciar la guerra que culminará con ellos encaramándose a la cúpula ejecutiva del deporte de la bicicleta (bien con una reformulación de la actual UCI o bien con una escisión perjudicial a todas luces) han orquestado una balacera con rehenes en Mallorca a sujeto de una decisión que fue tomada, sin consenso, hace casi dos años. ¿No ha habido tiempo hasta ahora para protestar de una manera efectiva, formal, lejos de la polémica y del perjuicio efectivo a nivel económico y de imagen para los estamentos implicados?

Cierto es que ya han habido movimientos, que una etapa del Tour de Francia (encima un 14 de julio) fue neutralizada como medida de queja. Pero no tuvo consecuencias ni repercusiones posteriores. Porque las quejas no hay que hacerlas en las carreras, sino en los despachos, donde no se necesiten altavoces ni micrófonos. En contextos donde no se alimenten el cisma ni la desunión, sino el horizonte común para sanar las heridas de bala del tiroteado ciclismo profesional.

Vaughters citaba para argumentar su postura a Patrick Henry, y lo cierto es que entre las citas célebres del político norteamericano de finales del XVIII se halla una muy apropiada para la ocasión. Durante un discurso dado justo antes de morir y de que estallara en su país la Guerra de la Independencia de Gran Bretaña, Henry aseveró lo siguiente: “Unidos, resistimos; divididos, caemos. No nos separemos en facciones que deben destruir la unión de la que depende nuestra existencia”. Si la UCI deja su despotismo a un lado, si los equipos comienzan a luchar por la imagen del ciclismo, si los organizadores se dan cuenta de que dependen los unos de los otros y no les lleva a ningún sitio dirigirse con egoísmo y ajenos al resto del mundillo... Si las facciones cambian su comportamiento y se dan la mano... El ciclismo resistirá. Si no, antes o después, caerá. ¡Reflexión para evitar la próxima balacera!

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